Lama Dorje: Es la práctica la que nos permite saborear la espiritualidad.


Eran como las diez de una mañana lluviosa cuando Yimura Ana Correa, la directora del Centro Budista Cóndor Blanco, nos condujo a mí y a Yan Dok Andrés Ciampi por un camino de tierra húmeda. Mientras escalábamos esa pendiente pronunciada, flanqueada por un campo de espigas doradas, podíamos ver a la lluvia abatiéndose en forma de agujas de agua contra un bosque de pinos. Y como fondo, oíamos el sonido del río que parecía rugir en su descenso por la montaña nevada. De pronto Yimura se detiene. Hemos llegado, nos dice, hace una reverencia y se despide de nosotros. El viento y la lluvia agitan unas campanillas que cuelgan de las ramas de un árbol que protege una cabaña de madera con un techo semicircular: un iglú de madera que corona una de las cuestas de la montaña Cóndor Blanco. Adelante, dice una voz desde adentro. Al abrir la puerta lo vemos sentado en posición de loto. Hace una venía y un ademán con la mano, invitándonos a sentar en un cojín. El incienso de lavanda que yace en su altar dibuja un espiral en el aire y el Lama Dorje me sonríe levemente, con amabilidad, pero también, con la cautela del que cuida su hogar como si fuese un templo, un lugar sagrado. Mientras me acomodo, Yan Dok comienza a tomar fotos a los detalles de la cabaña. El Lama me mira a los ojos. Imperturbable. ¿A qué edad surgió su interés por la vida espiritual? Tuve el privilegio de nacer en un pueblo budista, en el norte Nepal, que antiguamente pertenecía al Tibet. Se llama Limi Zang Humla y está muy cerca al monte Kailash, una montaña sagrada considerada como un palacio de los budas. Desde muy pequeño yo ya me percibía diferente, con una conexión muy fuerte al camino budista. Mi madre me contaba que yo repetía mantras desde los 3 años y que me iba con un grupo de niños a dormir a un templo muy cerca de casa. A los 5 años le comenté a mis padres mi intención de convertirme en monje. Al escuchar esto, ellos se preocuparon un poquito. No por la petición sino porque era muy niño para tomar una decisión tan seria. Pero cuando me llevaron al monasterio se quedaron tranquilos cuando uno de los maestros les dijo que mi destino era ingresar al monasterio para ser monje. A los diez años dejé mi país y me fui a la India. En la ciudad de Dehradun ingresé al monasterio Jangchub Ling, uno de las cuatro mayores escuelas del budismo tibetano Mahayana. El monasterio pertenece al linaje Kagyud Pa, que proviene del linaje de Tilopa, Naropa, Marpa y Milarepa. Fue ahí cuando empecé a visualizar el sueño de hacer algún día el retiro, Lo Sum Chog Sum. Háblenos de Lo Sum Chog Sum, ¿cuánto tiempo estuvo? El Lo Sum Chog Sum es un retiro que toma 3 años, 3 meses y 3 días, en solitario en la montaña. Éramos un grupo de 20 personas de distintas nacionalidades, cada uno dentro de una cabaña, con una separación de 500 metros una de otra. Cada 3 a 6 meses teníamos reuniones con el maestro, pero no podíamos hablar entre nosotros, incluso el hombre que se encargaba de dejarnos la comida en las cabañas, la dejaba en la puerta y se iba. El retiro puede resultar peligroso para aquellos que no tienen control de la mente y sus emociones. Al final sólo logramos terminarlo 6 de los 20 que empezamos. Al ver mi cara de asombro, el Lama sonríe, se acomoda la manta púrpura que cubre su torso y se pone de pie. Sin que yo me de cuenta, la cabaña se empieza a llenar de un dulce y cálido aroma de cardamomo, clavo de olor y canela. Té Chai del Lama Dorje es el mejor, comenta mientras llena dos tazas. Al recibirla le agradezco, levanto la taza y le hago un ademán de brindis. Él inclina la cabeza y se lleva la mano al pecho. ¿Y qué fue lo más desafiante en el Lo Sum Chog Sum, Lama Dorje? ¿El tiempo, la soledad…? No fue la soledad lo más desafiante. – Levanta el índice como queriendo apuntar algo importante –. Tampoco lo fue el tiempo, porque, fíjate, yo alargué el retiro a cuatro años. Esto fue una sugerencia de Su Eminencia Garchen Rinpoche, en una visita que hizo a los meditantes para enseñarnos Mahamudra. Nos comentó que si lo hacíamos de esa manera, tendríamos un crecimiento tranquilo y gradual, para lograr el nivel de meditación de Tumo, el fuego sagrado interior, una de las meditaciones sagradas de los seis Yogas de Naropa. Lo más desafiante, amigo, fue el espacio. Yo hacía postraciones constantes para la purificación física, pero en un momento, sentí, persistentemente, que quería salir de esa cabaña tan pequeña. Afortunadamente un libro sobre la vida del yogui Milarepa fue mi inspiración: cuando leía acerca de los tremendos sacrificios físicos que él hacía, callaba inmediatamente a mi mente mañosa. Y después de un tiempo, en un momento de meditación y de forma inesperada, percibí que mi espacio interno crecía, crecía y crecía. Fue una sensación de alivio saber que las dimensiones del espacio exterior ya no tenían influencia en mí. ¿Qué cambió luego del Lo Sum Chog Sum? Una vez un hombre le preguntó a Buda, ¿qué gana meditando? No gano nada, respondió Buda, pero sí, pierdo la ansiedad, la agitación, las preocupaciones, etc. Del mismo modo, en ese retiro, yo no gané nada. Pero sí dejé a un lado mi propia mente, la mente que pertenece al egoísmo. Rompí con el apego a mi cultura, a mis creencias. Percibí la belleza de todo y de todos los seres humanos. No importa el camino, lo importante es lograr la felicidad. El Dalai Lama dijo: “No hay mejor camino. Yo he seguido el camino budista porque es el mejor para mí, pero no porque sea el mejor”. Muchos utilizan la religión para compararse, para crear diferencias; tú eres musulmán, tú eres cristiano, etc. Eso no es lo que importa; el budismo, como el islam o el cristianismo son sólo distintos métodos, pero todos buscan, al final, el amor y la compasión. ¿Cómo llegó a Cóndor Blanco, Lama Dorje? Al escuchar la pregunta se pone de pie nuevamente, Voy por más Te Chai, dice sonriendo. Mientras está sirviendo el té en la cocina, yo miro a través de la ventana: el cielo sigue nublado pero la lluvia ha cesado. Las gotas de agua se deslizan suavemente por la ventana, como si estuviesen cansadas. Después de alcanzarme la taza, prosigue. Cuando terminó el Lo Sum Chog Sum al cumplirse el cuarto año, yo estaba acostumbrado, feliz y cómodo, siguiendo ese estilo de vida en retiro. Y fue ahí cuando mi maestro, Drupon Jampa Rinzin Rinpoche, me dijo que debía salir y compartir con los demás; expandir el Dharma (la enseñanza budista). – Parpadea y frunce el ceño ligeramente, como recordando algún momento apremiante. Mira las cuentas del mala y se vuelve a mí –. Llegué a Santiago en el 2009, invitado por un discípulo de mi maestro. Fue un poco desafiante al principio, por el idioma, ¿entiendes? En la ciudad a veces las personas no tienen paciencia para escuchar sobre espiritualidad, y menos de tibetanos que se visten de esta manera y hablan poco español, ¿no es verdad? – su sonrisa acompaña su mirada cristalina. Luego, en uno de los retiros que hicimos en Pucón conocimos a Amaniksha Juliana Murta y Mesanyo. Nos hicimos amigos y, en el 2010, Suryavan Solar Sergio Aburto y Deva Nita Sol Aburto, me invitaron a la Montaña Cóndor Blanco – dice alzando las cejas y sonriendo con satisfacción–. A partir de ese día decidí quedarme en la montaña y fundar la escuela de Bodhisattva CB, que en esencia lo que busca es trasmitir las enseñanzas del budismo tibetano Mahayana, pero adaptado a la realidad occidental. Nos une un mismo propósito: expandir el Dharma para que los seres logren el estado de felicidad en sus vidas. El budismo, a diferencia del islam o el cristianismo, no cree en un Dios creador, ¿cierto? El budismo cree en la ley de causa-efecto; cualquier estado de sufrimiento o felicidad surge de una causa, no viene solo. En todo existe una interdependencia, por eso el budismo cree en la reencarnación, porque nuestra conciencia no tiene principio ni fin. Al morir, la conciencia permanece pero abandonamos nuestro cuerpo. Adquirimos otro cuerpo, luego, como si estuviésemos cambiando de ropa, ¿entiendes? Esto hace al hombre libre, pero a la vez responsable de todos sus actos. Si existe algo malo en el mundo no culpamos a un Dios externo, nosotros mismos lo hemos creado, desde una pequeña rabia hasta una guerra. No colgamos la responsabilidad en los demás ni en algo externo. Hay tres cosas importantes en el budismo; el conocimiento, que es cuando recibes los conceptos; luego viene la reflexión, importante para poder comprender estos conceptos. Pero lo que le sigue a esta etapa es lo más importante, el estado meditativo, que se refiere a la práctica, porque es ahí cuando la enseñanza se internaliza y se logra el crecimiento espiritual hasta lograr la iluminación. ¿La práctica, entonces, es más importante que el conocimiento? Te lo voy a explicar en un ejemplo – me dice con una amplia sonrisa, como si la chispa de un recuerdo remoto lo hubiese sorprendido de repente. Y levanta el índice–. Si un pajarito rasga la tierra y encuentra una lombriz, y la pone detrás de él para seguir buscando otras lombrices ¿qué pasa? – me pregunta alzando las cejas. Y antes de que yo responda se inclina–. La lombriz se escapa, ¿cierto? –Suelta una carcajada, tirando el cuerpo hacia atrás–. ¿Entiendes? – Se lleva el dedo índice a la sien–. De qué nos sirve acumular si no vamos a comer. Es como alguien que le gusta cocinar; cocina y cocina, pero si nadie come, la comida se pudre, ¿no es verdad? En el budismo hay personas muy intelectuales, que lo saben todo acerca del budismo, pero eso de nada sirve si no existe la práctica. Es la experiencia la que nos permite saborear la espiritualidad – dice el Lama y se queda callado de pronto. Frunce los labios, gira la cabeza a la derecha y posa la mirada en su ventana: un gran hueco azul en medio de los nubarrones deja entrar un puñado de rayos del sol. ¿Qué principios budistas recomienda practicar? Buda dijo pocas palabras, pero muy útiles: No dañes, haz el bien y controla tu mente. Esta enseñanza de Buda se resume en practicar los 4 inconmensurables del camino Mahayana: Amor, Compasión, Alegría y Ecuanimidad. Con este último, la ecuanimidad, podemos comprender los otros, porque desde el momento en que logramos percibir que todos los seres humanos somos iguales, con la misma naturaleza búdica, estamos libres del apego y la aversión. Ahí surge el amor incondicional, el amor que rompe el ego, el amor por querer liberar del sufrimiento no solo a tus amigos sino, también, a tus enemigos. ¿Cómo aceptar la igualdad entre una persona buena y un violador o un asesino? Debemos tener compasión por esas personas, son ignorantes de su sufrimiento. No saben que se están haciendo un daño enorme. Son puro instinto, impulsivos, tan inconscientes como los animales. Y te pongo otro ejemplo, a las polillas las atrae el fuego y por eso encuentran la muerte. ¿Tú crees que si ellas supiesen que fueran a quemarse y morir, lo harían? No, ¿verdad? Pues lo mismo pasa con esas personas, ignorantes de su sufrimiento, inconscientes de que se están quemando por dentro. Y todos somos, en distintos niveles, ignorantes, de lo contrario no tendríamos aflicciones. Existen 84,000 tipos de aflicciones, pero todas surgen de los 5 venenos del ser humano: ignorancia, rabia, apego, envidia y orgullo. Estos venenos matan nuestra paz y tranquilidad. Todo comienza con la ignorancia: no saber es la mamá de todos los venenos. Pero la vida nos ha regalado un antídoto para cada veneno; sabiduría para la ignorancia, paciencia para la rabia, impermanencia para el apego, admiración para la envidia y humildad para el orgullo. Los antídotos permiten acumular karma positivo. ¿El karma no es algo negativo? En Occidente se asocia a algo negativo, pero karma realmente quiere decir acción. Y depende de cómo sea nuestra intención en la mente, acumulamos karma positivo o negativo. Mientras más karma positivo acumulemos, más méritos tendremos para obtener una mejor vida en el futuro. ¿En nuestra próxima reencarnación? Así es. Hasta llegar a un nivel en el que hemos acumulado los méritos suficientes para alcanzar la iluminación y detener la rueda cíclica de la reencarnación. ¿Pero es evidente que no a todos los seres humanos les motiva iluminarse? Desde el punto de vista budista en todos los seres existe una semilla de Buda. Todo tenemos el mismo potencial, la oportunidad de despertar a una mayor conciencia y alcanzar el estado de iluminación. Y no solo los seres humanos, también los animales, los insectos, etc. Sin embargo existen tres niveles de conciencia, capacidad y motivación para alcanzarlo.
  • Motivación inferior: La que busca solo mejorar el mundo del samsara, tener una vida más tranquila en ese nivel, como tener una mejor salud, un mejor trabajo, un mejor salario y una buena relación con las personas. Esta es una motivación inferior, porque es como cambiar de celda pero sin salir de la cárcel.
  • Motivación media: La motivación del liberarse del samsara individual o liberarse solo uno mismo. Aparece cuando las personas identifican que hay algo más en la vida que cambiar de trabajo, salario, casa, carro, etc. Esta es una motivación media, porque aunque se tiene la voluntad de salir de la cárcel del samsara, todavía es una motivación individual o mediana.
  • Motivación superior: Es la motivación por liberar a todos los seres. Cuando uno ya salió de la cárcel del samsara y nace una motivación mayor, la motivación de apoyar a los demás a salir, también.
¿Es posible la iluminación en un mundo donde lo material tiene un lugar importante? Para meditar o practicar el Dharma ayuda mucho un lugar sagrado, un lugar donde haya silencio, como una montaña; un lugar con abundante naturaleza, como ríos, campos, flores, árboles, etc. Esto es ideal para calmar la mente y conectarnos. Pero eso no quiere decir, que en un lugar así, vamos a estar libres de las aflicciones del samsara. Porque al final, el samsara, es un estado de la mente. Eso depende de la condición de la persona. Muchas personas viven en un lugar donde existe el silencio, pero, igual, su mente sigue prisionera de las aflicciones del samsara. El problema no es que las personas estén viviendo en la ciudad, en el mundo material; el problema es el apego a él, porque es esto lo que nos lleva a la inconsciencia y al sufrimiento. Debemos ser conscientes del samsara para no mancharnos. Como la flor de loto, símbolo del Budismo, que es una flor hermosa que nació en el barro, pero que no se ha manchado con él. Cuando menciona a Buda, ¿se refiere a Sidarta Gautama? Buda quiere decir “despierto”, la palabra buda no es el nombre de una persona ni pertenece solo al camino del budismo. Cualquier ser que haya despertado puede llamarse buda. Y todos nosotros tenemos la posibilidad de despertar de la ignorancia. Sidarta Gautama (V-VI a.C.) fue una gran maestro espiritual, pero no fue el único Buda en la historia del budismo. Hay muchos. Lo que pasa es que Sidarta Gautama fue príncipe, tenía fama, ¿entiendes? Es como Bachelet, que no es el único presidente en la historia de Chile, pero ha tenido bastante fama, ¿cierto? – señala, sonriendo. ¿Qué sueño tiene en su vida, Lama Dorje? Mi sueño mayor es liberar a todos los seres de las causas del sufrimiento, como la ignorancia, la ira y el apego; que alcancen el estado de felicidad permanente. Ahora estoy desarrollando el Dharma Project CB. El primer paso es la construcción un templo budismo tibetano en la Montaña CB, para expandir las enseñanzas budistas y que todas las personas puedan liberarse del sufrimiento. Después de beber los últimos sorbos del té Chai, el Lama Dorje se da media vuelta y saca algo de una cajita. Me alcanza una pulsera multicolor. “Que los colores que representan las energías budistas estén contigo, siempre, hermano del Dharma. Está bendecida por el Dalai Lama”, me comenta y algo dentro de mí parece moverse como el agua dentro de un vaso de cristal. Nos ponemos de pie al mismo tiempo y cuando me abre la puerta de su casa, veo un cielo azul turquesa. Los rayos del sol iluminan un valle verde y limpio, sin la niebla de la mañana. Me vuelvo al Lama Dorje para despedirme. Inclino mi cabeza y toco la suya, sus ojos atentos me miran cómplices, como si hubiésemos hecho un pacto tácito. Y al descender por ese tapete amarillo de hierba, hacia el campamento, me doy cuenta que ha parado de llover. Un arco iris se estrella al otro lado de la montaña. Comienzo a recordar todas estas pequeñas historias de sabiduría que brotaron como flores de loto de esa mente iluminada. Froto la pulsera que me regaló el Lama y sonrío con la serenidad que inspira el sonido de una cascada de agua. Ahora, todo es más claro, me digo, todo está más claro.

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